Qué lindo es todavía poder emocionarse
La semana pasada pasé unos días en Cartagena y la verdad todavía sigo pensando en todo lo que viví allá.
Fuimos por la boda de la hija de unos amigos ecuatorianos que decidió casarse en esa ciudad espectacular. Y sí, Cartagena siempre ayuda; porque tiene algo especial. El clima, la gente, las murallas, la alegría, todo parece hecho para celebrar la vida.
Pero curiosamente lo que más me impactó no fue la boda en sí, que claro, estuvo realmente espectacular, sino las emociones que sentí durante todo esos días.
Desde que nos mudamos a Estados Unidos en agosto del 2021, no había vuelto a ver a muchos amigos de Ecuador. Algunos llegaron para la boda y fue increíble reencontrarme con ellos después de tantos años. Hay amistades que tienen algo raro: uno puede pasar muchísimo tiempo sin verse, pero en pocos minutos vuelve la confianza, el cariño y las conversaciones como si no hubiera pasado el tiempo.
Compartimos varias ocasiones lindas: una cena de Shabat, un coctel de bienvenida y después la boda en un lugar realmente impresionante. Nos reímos muchísimo. Hablamos de nuestros hijos, de cómo nos han cambiado los años, de la vida en otros países, de la salud, del trabajo, de todo un poco. Y varias veces me descubrí simplemente mirando alrededor y pensando: “Qué bueno es estar aquí”.
Además, como Sabrina tiene familia en Cartagena, aprovechamos para llegar unos días antes y pasar tiempo con la tía Hilda y con Miriam. Y eso fue otra cosa hermosa.
Pasamos horas conversando. Vimos fotos viejas. Nos acordamos de gente que ya no está. Nos reímos recordando momentos familiares y compartiendo comidas caseras deliciosas preparadas con amor. Llegaron otros familiares también y hubo momentos en que la casa estaba llena de risas y recuerdos.
Y honestamente, eso me hizo mucho bien.
A veces uno entra tanto en la rutina, en las preocupaciones, en las noticias, en el trabajo o simplemente en sobrevivir el día a día, que se olvida de lo importante que es sentirse emocionalmente conectado con la gente que uno quiere.
Porque uno va creciendo y sin darse cuenta puede empezar a endurecerse un poco. Como que ya nada sorprende demasiado. Uno escucha buenas noticias, ve gente querida, vive momentos lindos, pero a veces todo pasa rápido y no se siente tanto.
En cambio, esta vez sí lo sentí. Sentí felicidad de verdad.
Y no por algo material ni extraordinario. Fue la felicidad de abrazar amigos viejos. De conversar sin apuro. De ver a mi hija Débora llegar desde Quito para compartir esos días con nosotros. De ver a Sabrina feliz con su familia. De sentarme a una mesa llena de gente querida y simplemente disfrutar el momento.
Eso me hizo pensar que quizás una de las cosas más importantes en la vida es no perder nunca la capacidad de emocionarse con lo bueno.
Yo creo que la vida no está hecha solamente de grandes logros. Muchas veces los momentos más importantes son estos: conversaciones largas, abrazos sinceros, reencuentros, recuerdos compartidos, comidas familiares, risas inesperadas.
Y tal vez el verdadero magnetismo positivo nace justamente ahí, en la capacidad de valorar profundamente esos momentos simples que nos llenan el alma sin hacer ruido.
Ahora ya estoy de regreso y ya extraño mucho esos días. Extraño las conversaciones, el ambiente, las risas, la sensación de cercanía humana.
Pero también me queda algo lindo: la gratitud de haberlos vivido y la creencia que todo sigue teniendo sentido.