José Ortiz | Life Coach

¿Quién soy hoy?

O cuántas veces me cambiaron el nombre sin preguntarme

Si alguien me hubiera preguntado a los cinco años quién era yo, la respuesta habría sido clarísima: Pepe.
Sin dudas, sin crisis existenciales, sin necesidad de terapia. Pepe era un niño inquieto, curioso, medio travieso, con un talento especial para hacer preguntas incómodas y para sacar de sus casillas a los adultos. Un niño feliz, básicamente. Pero la vida, que tiene un extraño sentido del humor, decidió que una sola identidad no era suficiente. Y empezó el desfile.
Primera transformación: de Pepe a “Ortiz”. Entré al colegio y desaparecí. Bueno, no completamente. Mi cuerpo seguía ahí, pero mi nombre no. Ahora era: Ortiz. Los profesores: Ortiz. Los compañeros: Ortiz. Las listas: Ortiz. No importaba si yo era divertido, inteligente o inquieto. Lo importante era que mi apellido sonaba bien en voz alta. Ahí aprendí algo sin darme cuenta: las instituciones simplifican quién eres.
Segunda transformación: nace “Pepe Ortiz”. En la universidad hubo una reconciliación. Ni tan formal como “Ortiz”, ni tan infantil como “Pepe”. Ahora era: Pepe Ortiz. Una especie de versión beta del adulto que iba a ser. Con más criterio, más independencia, y también más identidad. Ya no era solo un nombre impuesto: empezaba a ser alguien que elegía quién quería ser. Y fue en esa versión donde conocí a mi futura esposa. Para ella, siempre fui: Pepe Ortiz. (Y eso ya dice bastante).
Tercera transformación: el mundo serio exige a “José Ortiz”. Llegó el trabajo y con él, la formalidad. De pronto, “Pepe” parecía poco serio. Poco profesional. Poco ejecutivo. Así que nació: José Ortiz. El nombre de las reuniones, los correos formales, las decisiones importantes. Aquí ocurre algo interesante: no solo cambió el nombre, también cambió la energía. José era más estructurado, más responsable, más contenido. Más adulto.
Cuarta transformación: pierdes el nombre y ganas un rol. Me casé como Pepe Ortiz. Pero no duró mucho. Porque pronto me convertí en: El esposo de Sabrina.
Y luego, con la llegada de mi hija en El papá de Daniela. Y ahí sí desaparecí oficialmente. Ya no era necesario mi nombre. Mi identidad estaba perfectamente definida por mis relaciones. Y ojo: no lo digo como queja. Ser esposo, Ser padre, Impulsar a mis hijas a ser libres, a conquistar horizontes, a crecer, ha sido de las mayores fuentes de felicidad de mi vida. Pero también es cierto que, sin darme cuenta, mi identidad se fue desplazando hacia afuera.
Quinta transformación: identidad en pausa. Y entonces, la vida volvió a hacer lo suyo. Nos mudamos a Estados Unidos por el trabajo de mi esposa. Nuevo país, Nuevo entorno, Nueva realidad. Y algo inesperado ocurrió: Nadie sabía quién era yo. Ni Pepe, Ni Ortiz, Ni José, Ni el papá de Daniela. Simplemente nadie.
Y aquí ya no hay tanto humor. Porque cuando nadie te nombra empiezas a preguntarte: ¿Quién soy, si nadie me está llamando de ninguna manera? El momento incómodo (pero necesario). Durante un tiempo no supe cómo nombrar lo que sentía. ¿Vacío? ¿Desubicación? ¿Pérdida? ¿Libertad? Tal vez un poco de todo.
Pero también tuve un momento de lucidez: Por primera vez, tenía la oportunidad de elegir mi identidad sin etiquetas prestadas.
Magnetismo Constructivo: una respuesta no una casualidad, y aquí es donde entra este blog. Magnetismo Constructivo no nace porque sí, nace como una respuesta. Después de haber sido: el niño travieso, el apellido en una lista, el profesional formal, el esposo, el padre, me encontré en un punto donde podía preguntarme, con honestidad: ¿Qué quiero construir ahora? Y la respuesta fue clara: Quiero ayudar a otros a entender algo que a mí me tomó años descubrir: Que la identidad no es fija. Que los roles no son lo mismo que quién eres. Y que, si no la construyes conscientemente alguien más lo hará por ti.
El coaching aparece entonces como una extensión natural de este proceso. Porque lo que yo estoy haciendo hoy, reconstruir mi identidad desde dentro, es exactamente lo que muchas personas necesitan: Profesionales que perdieron su rumbo, padres que se olvidaron de sí mismos, personas que cambiaron de país, de etapa o de vida y ya no saben cómo nombrarse. La verdadera pregunta ya que hoy no me preocupa tanto cómo me llaman, si Pepe, José, Ortiz, Papá, Esposo, todos han sido ciertos en algún momento. La pregunta ahora es otra: ¿Quién estoy eligiendo ser cuando nadie me está mirando?
Si me encuentras por ahí, puedes llamarme como quieras. Seguramente responderé.
Pero si te interesa algo más profundo, entonces hablemos. Porque tal vez tú también estás en ese punto donde tu nombre ya no alcanza para explicar quién eres. Y ahí es donde empieza lo verdaderamente interesante.

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